El mal de ojo
Posted by Pavel eSe in Mary Shelley, zlibros on miércoles, 28 de octubre de 2026
De pronto, uno de los hombres puestos de guardia anunció que una tropa de sagorianos, con Katusthius como guía, avanzaba desde el monasterio de san Elías; otro dio la alarma de que seis u ocho moreotas bien armados se aproximaban por el camino de Yannina. En un instante desapareció todo rastro del campamento. Los arnaoots comenzaron a trepar por las laderas, ocultándose tras las rocas y los gruesos troncos del bosque, aguardando a que sus perseguidores se internaran en medio de ellos. Pronto aparecieron los moreotas, rodeando el desfiladero por un sendero que solo permitía avanzar de dos en dos; caminaban despreocupados, ignorantes del peligro, hasta que un disparo silbó sobre la cabeza de uno de ellos y fue a incrustarse en la rama de un árbol, arrancándolos de su falsa seguridad.Los griegos, acostumbrados a aquel mismo modo de combate, buscaron también el amparo de las rocas, disparando desde detrás de ellas, disputándose con sus adversarios la posición más elevada, saltando de peña en peña y dejándose caer para disparar tan rápido como podían cargar. Solo un anciano permaneció en el sendero. El marino Camaraz había afrontado muchas veces al enemigo sobre la cubierta de su caïque[25] y aún se habría lanzado el primero en un abordaje; pero aquella guerra exigía demasiada agilidad. Cyril le gritó que se protegiera bajo una roca baja y ancha; el mainote agitó la mano.—No temas por mí —exclamó—; ¡sé cómo morir!